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El secreto de Nueva Zelanda se llama Jacinda Ardern

De entre las cosas que más se han valorado en la gestión política de la reelegida presidenta de Nueva Zelanda Jacinda Ardern, destacan su sensibilidad y empatía, pero lo que ha catapultado su figura ha sido su firmeza al aplicar medidas excepcionalmente duras? para evitar la propagación del covid en su país.

 

Logró estar casi un mes libre de casos de coronavirus, sí, pero aplazó las elecciones cuando estaba en la cresta de la ola de su popularidad, arriesgando sus posibilidades, para imponer nuevos confinamientos pese a tener pocos casos registrados.

 

Esa decisión fue clave para gestionar con éxito los rastreos, en un modelo similar al que aplican en otras ciudades como Melbourne, que estuvo sometida durante meses a confinamientos y toques de queda con algo más de 5 millones de habitantes y que hoy día suministra avisos de cuarentena con la precisión que da poder saber que un Mcdonalds o una tienda de discos han sido foco de propagación en una franja horaria de un día concreto.

 

El éxito de Ardern, en una cultura occidental como es la neozelandesa, cuestiona el sesgo que ha dado la OMS en su última valoración de la pandemia, que alababa la evolución positiva de la lucha contra el virus en países asiáticos y la contraponía a la indisciplina ciudadana que campa en Europa, inmersa en la última ola del virus.

España alcanza el millón de contagiados y no se puede equiparar, si nos ceñimos al número de habitantes o la densidad de población, nuestro modelo con el de Nueva Zelanda, pero sí que hay algo de su gestión que nos interpela como sociedad: la inflexibilidad en el mando del gobierno, la perseverancia en las medidas, y sobre todo, la unidad que en todo momento ha presidido la toma de decisiones y que ha acompañado la colaboración de la ciudadanía.

El logro de las Antípodas no es solo de la celebrada lideresa: también de una oposición que ha sabido estar por encima del partidismo, y de una población consciente del desafío y de los sacrificios necesarios para afrontarlo con garantías.

El cierre de bares y la distancia social general es un gran sacrificio, pero se echa de menos más conciencia del objetivo último que buscan las medidas. El último toque de atención ha venido de los jueces, en forma de archivo de los recursos presentados por distintas asociaciones y entidades que defienden los intereses de comerciantes y restaurantes entre otros sectores perjudicados económicamente por las restricciones del Govern, en Catalunya.

La urgencia por levantar las medidas es, señalan los jueces, “desajustada con la absoluta y necesaria ponderación del caso desde la inexcusable órbita integral”, a la luz de la realidad de la “colosal y extraordinaria” pandemia que nos azota, y recrimina a los demandantes su visión fragmentaria del problema, “como si los intereses públicos de ese marco no existiesen, fuesen accesorios o hubiera que darlos por supuestos devaluándolos”.

 

Por Carol Álvarez

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